Carl Sagan y la libertad de dudar

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18/07/2022 | por Jeff Jacoby

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En la intersección de la ciencia con la política pública, nada es más peligroso que el dogmatismo que se impone al aplastar cualquier actitud disidente.

En astronomía, el «número de Sagan» se refiere a la cantidad de estrellas en el universo observable. Este es un valor que es más fácil definir antes que calcularlo, pero en números redondos, de acuerdo con un estudio del 2010 del astrónomo de Yale Pieter van Dokkum, se encuentra alrededor de 300.000.000.000.000.000.000.000 o trescientos mil trillones. (Dependiendo del significado de lo que es «observable», esta cifra puede estar desactualizada en la actualidad).

El número de Sagan es llamado así en honor a Carl Sagan, el astrónomo, científico planetario, cosmólogo y comunicador científico norteamericano que murió en 1996. Él alcanzó gran renombre en las décadas de 1970 y 1980, especialmente después de la difusión de «Cosmos», su serie de 13 capítulos, que se convirtió en una de las series más vistas en la historia de la televisión pública de los Estados Unidos.

Sus logros científicos fueron considerables. Él publicó más de 600 estudios y libros en las áreas de astrobiología, condiciones planetarias, los orígenes de la vida en la tierra, el efecto invernadero e inteligencia extraterrestre. Tuvo que ver con numerosas sondas espaciales planetarias de la NASA y ayudó a escribir el «mensaje Arecibo», una señal de radio interestelar que incorpora información sobre la humanidad y que se transmitió desde la Tierra en dirección al cúmulo estelar M13 en 1974.

Recibió decenas de premios y honores, desde la medalla de distinción en el servicio público de la NASA hasta el premio George Foster Peabody por su trabajo televisivo.

Como parte de su campaña para incrementar el conocimiento científico entre el público general, Sagan enfatizó una y otra vez la importancia del escepticismo y de un pensamiento no dogmático. Insistió en que las manifestaciones extraordinarias requieren extraordinarios niveles de pruebas y se burló de la pseudociencia y sus propulsores. (Él escribió que una de sus caricaturas favoritas muestra a un adivino examinando las líneas de la palma de la mano de otra persona y diciéndole con gran seriedad: «Eres muy crédulo»).

Sin embargo, aunque manifestó frialdad hacia las afirmaciones sobrenaturales de la religión, fue igualmente firme respecto a que los científicos no deben enamorarse de las afirmaciones científicas que no están respaldadas por pruebas convincentes. «Si las ideas no funcionan, debes descartarlas», escribió en «El mundo y sus demonios», el último libro que publicó antes de morir. «No derroches neuronas en lo que no funciona. Dedica esas neuronas a nuevas ideas que expliquen mejor los datos». Él advirtió contra el peligro de sucumbir al sesgo de confirmación, lo que el pionero físico inglés del siglo XIX, Michael Faraday, describió como la tentación.

Buscar las pruebas y evidencias que están a favor de nuestros deseos, y desechar las que se les oponen… Recibimos como amistoso lo que está de acuerdo [con nosotros], resistimos con desagrado lo que se nos opone; mientras que el dictamen del sentido común exige exactamente lo contrario.

La atracción del sesgo de confirmación es todavía más poderosa hoy en día, cuando las redes sociales y la polarización política implacablemente convierten a los asuntos científicos en puntos álgidos de la guerra cultural. Demasiados ideólogos, tanto de derecha como de izquierda, abordan las cuestiones públicas a través de una lente política. Las agencias de noticias cada vez más congelan o menosprecian las opiniones científicas que no se ajustan a la narrativa aceptada. Los principales políticos apoyan o se oponen a las prácticas de atención de salud basados en la política partidaria.

Si Carl Sagan estuviera vivo, probablemente estaría entre quienes rechazan este ciego sesgo anticientífico.

Si Carl Sagan estuviera vivo, probablemente estaría entre quienes rechazan este ciego sesgo anticientífico. Por desgracia, tenía sólo 62 años cuando murió por complicaciones provocadas por una larga lucha contra una rara enfermedad de la médula ósea. Pero en un discurso recientemente descubierto que pronunció en 1987 en Illinois sobre las libertades civiles de la Unión norteamericana, Sagan expresó advertencias que hoy son todavía más relevantes que en ese momento. El discurso lo obtuvieron y lo transcribieron el científico de Harvard, Steven Pinker, y el abogado de libertades civiles, Harvey Silverglate, ambos de Cambridge, Massachusetts, quienes lo publicaron este mes en la revista en línea «Quillete».

En una breve introducción, Pinker y Silverglate dicen que Sagan «habló proféticamente de la irracionalidad que plaga el discurso público, el imperativo de la cooperación internacional, los peligros que implican los avances tecnológicos y las amenazas a la libertad de palabra y a la democracia en los Estados Unidos». Si esas amenazas eran preocupantes en 1987, hoy se han vuelto mucho más graves. Algunos extractos de los comentarios de Sagan:

La ciencia ha desarrollado una serie de reglas de pensamiento, de análisis, y aunque hay excepciones en casos individuales (los científicos son seres humanos como todos los demás), de todos modos, en promedio, son responsables por el destacado progreso de la ciencia.

Por cierto, todos saben cuáles son estas reglas. Cosas como que los argumentos de autoridad tienen poco peso. Las afirmaciones similares tienen que ser demostrables. Los experimentos similares deben poder repetirse. Se fomenta el vigoroso debate de fondo y se considera que es la savia vital de la ciencia. El pensamiento crítico serio y el escepticismo respecto a afirmaciones nuevas o antiguas, no sólo está permitido, sino que se lo aliente, es deseable, es el alma de la ciencia. Existe una tensión creativa entre la apertura a nuevas ideas y el riguroso escrutinio escéptico.

Estas ideas son axiomáticas del método científico; sin embargo, se las ignora de forma rutinaria, incluso agresiva. Sagan señaló debidamente que «los argumentos de autoridad tienen poco peso», sin embargo, ahora a menudo hay temas controvertidos que son declarados inmunes a la disputa porque «la ciencia ya fue establecida» o «porque el 97 por ciento de los científicos están de acuerdo», o porque debemos «escuchar a los expertos».

Carl SaganCarl Sagan dijo que el escepticismo «es el alma de la ciencia»

Sagan argumentó que lo que es cierto en la ciencia, es cierto para todo. Los errores son inevitables, razón por la cual es urgente permitir que quede espacio para desafiar las conclusiones «ya establecidas».

En los asuntos públicos, esta especie de maquinaria de corrección de errores de nuestra sociedad está institucionalizada en la Constitución. Está institucionalizada, en primer lugar, en la separación de poderes, y en segundo lugar, en las libertades civiles, especialmente en las 10 primeras enmiendas a la Constitución: la Carta de Derechos.

Los padres fundadores desconfiaban del poder gubernamental, y tenían buenas razones para eso, al igual que nosotros. Por eso ellos trataron de institucionalizar la división de poderes, el derecho a pensar, el derecho a hablar, a ser escuchado, a reunirnos, a quejarnos con el gobierno sobre sus abusos, de poder votar y destituir a quienes no desempeñen debidamente sus cargos…

A pesar de nuestros mejores esfuerzos, algunas cosas que creemos probablemente sean erróneas. Por cierto, somos muy hábiles para reconocer los errores del pasado y de otras naciones. ¿Por qué nuestra nación y nuestra época deberían ser diferentes? Si hay cosas que creemos, si hay en nuestra sociedad instituciones que están equivocadas, imperfectamente concebidas o ejecutadas, estos son potenciales impedimentos para nuestra supervivencia. ¿Cómo encontramos los errores? ¿Cómo los corregimos?

Yo sostengo que con coraje, con el método científico y con la Constitución.

En la intersección de la ciencia y la política pública, nada es tan peligroso como el dogmatismo que se impone al aplastar las actitudes disidentes. Una generación antes de que Sagan expresara esta advertencia, el físico teórico Richard Feynman encendió alarmas similares. En una conferencia de 1955 ante la Academia Nacional de Ciencias, Feynman (quien algunos años más tarde recibiría el Premio Nobel de Física), se refirió a lo que él denominó «el valor de la ciencia». Él terminó su discurso con una advertencia que es más necesaria ahora que en ese entonces, contra la mentalidad cerrada en la ciencia y contra el impulso por demonizar a aquellos que desafían las opiniones populares.

Feynman dijo a sus oyentes: «Si queremos resolver un problema que nunca antes hemos resuelto, debemos dejar entreabierta la puerta a lo desconocido».

En la impetuosa juventud de la humanidad, podemos cometer graves errores que pueden atrofiar nuestro crecimiento durante mucho tiempo. Eso es lo que haremos si decimos que tenemos las respuestas ahora mismo, tan jóvenes e ignorantes como somos. Si suprimimos toda discusión, toda crítica, proclamando: «Esta es la respuesta, amigos. ¡El hombre se ha salvado!», entonces condenaremos a la humanidad durante mucho tiempo a las cadenas de la autoridad, confinada a los límites de nuestra imaginación actual. Esto ocurrió muchas veces antes.

Nuestra responsabilidad como científicos, sabiendo el gran progreso que llega de una satisfactoria filosofía de la ignorancia, el gran progreso que es el fruto de la libertad de pensamiento, es proclamar el valor de esta libertad; enseñar que no se debe temer de la duda, sino recibirla y discutirla; y exigir que esa libertad sea nuestyra obligación para todas las futuras generaciones.

Sagan y Feybnman sabían que de todos los valores científicos, el más valioso es la libertad para dudar. Que la libertad no es menos indispensable para una cultura cívica sana. En un universo de 300 mil millones de estrellas, nunca sabremos todo lo que se puede llegar a saber. Incluso aquí, en un pálido punto azul que es el único hogar que la humanidad ha conocido, hay muchos dilemas no resueltos, muchas preguntas que sólo tienen respuestas dudosas. Aquellos que exigen que los pensamientos heterodoxos sean censurados, o autocensurados, están jugando con fuego. Porque cuando los escépticos no están a salvo, todos estamos en riesgo.


Este artículo apareció originalmente en «Arguable», un newsletter semanal del columnista del Boston Globe, Jeff Jacoby.



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