
Fuente Aish Latino
Una historia para el día del Holocausto: Fred y el oso de peluche
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27/01/2026
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Recordamos el Holocausto para honrar a las víctimas, confrontar la maldad humana y aprender cómo la fe y la dignidad perduraron en los tiempos más oscuros.
En hebreo no existe una sola palabra para “historia”. Las expresiones más cercanas en la Biblia hebrea son iemot olam (1) ‘los días del mundo’, y divrei haiamim (2) ‘las palabras de los días’. La historia solo es significativa cuando nos habla, cuando transmite palabras, valores y lecciones que moldean nuestras vidas. Como lo expresó un gran historiador: “Si Heródoto fue el padre de la historia, los padres del significado en la historia fueron los judíos”.(3)
La tradición judía enseña además que la respuesta adecuada a la tragedia no es explicarla, sino aprender de ella, extraer del sufrimiento la determinación de crecer moral y espiritualmente.
El Holocausto es una catástrofe de tal magnitud y horror que ofrecer explicaciones, teológicas o de otra clase, no solo resulta inadecuado sino inapropiado. Cuando a Aharón, el Sumo Sacerdote y hermano de Moshé, se le informó que sus dos hijos habían muerto en el momento de la dedicación del Tabernáculo, la Torá simplemente registra: “Y Aharón guardó silencio”.(4) Frente a una pérdida inconcebible, el silencio mismo puede ser un acto de reverencia.Sin embargo, la conmemoración es esencial, y por varias razones.
1. La capacidad para el mal
El Holocausto nos enfrenta al aterrador alcance del libre albedrío humano. Los males indecibles perpetrados por los nazis y sus colaboradores voluntarios en toda Europa nos obligan a confrontar la capacidad de la humanidad para una crueldad total, irredimible y profundamente perturbadora.
2. El odio actual a los judíos
La memoria del Holocausto debe agudizar nuestra conciencia del antisemitismo contemporáneo. Hoy, el odio a los judíos reaparece abiertamente, en gobiernos y universidades, tanto en la extrema izquierda como en la extrema derecha. Cuando las multitudes corean “globalizar la intifada”, debemos tomarlas en serio. Cuando los judíos o el estado judío son culpados de todos los males del mundo, no podemos permitirnos la ingenuidad ni una fe ciega en la naturaleza humana o en los sistemas políticos. La vigilancia y la autoprotección son necesidades morales.
3. Honrar a las víctimas
Conmemoramos el Holocausto por respeto a sus víctimas, a nuestras familias, a nuestros antepasados, a nuestro pueblo. Estos hombres, mujeres y niños inocentes fueron torturados y asesinados por una sola razón: eran judíos. Merecen duelo, dolor y recuerdo. No deben quedar reducidas a estadísticas anónimas dentro del vasto registro de una guerra mundial. Cada uno fue un individuo, con un rostro y un nombre, con relaciones, talentos, aspiraciones, creencias y una vida interior. Conocer siquiera un fragmento de quiénes fueron, especialmente aquellos con quienes estamos conectados, es el mínimo que le debemos a su memoria.
4. Heroísmo moral
En cuarto lugar, el recuerdo del Holocausto debe incluir la atención al extraordinario coraje moral mostrado por tantas de sus víctimas, que preservaron la dignidad, la fe y la humanidad en circunstancias diseñadas para aniquilarlas.
Muchos conocen los actos de resistencia armada: el Levantamiento del Gueto de Varsovia, donde los últimos restos de una comunidad destrozada se alzaron contra el abrumador poder nazi; los grupos de partisanos judíos que lucharon valientemente pese a la traición, el aislamiento y la hostilidad de las poblaciones circundantes; y las revueltas en campos de exterminio como Sobibor. Estos actos de desafío merecen su lugar de honor en la memoria.
Pero menos conocidos son los innumerables actos de otra clase de heroísmo: un heroísmo silencioso, moral y espiritual que se ejerció diariamente a lo largo del Holocausto. Uno de los libros más poderosos que documenta esta dimensión es With God in Hell (Con Dios en el infierno),(5) escrito por Rav Eliezer Berkovits, él mismo un sobreviviente. Este libro registra no cómo murieron los judíos, sino cómo vivieron. De entre miles de historias, mencionaré cuatro que en mi opinión se destacan.
En 1943 quedaban tres rabinos en el Gueto de Varsovia: los rabinos Menajem Zemba, Shimshon Stockhammer y David Shapiro. La jerarquía católica de Varsovia, en un inusual acto de conciencia, envió un mensaje a los rabinos indicando que estaban dispuestos a salvar a los últimos tres rabinos de Varsovia. Los rabinos se reunieron para discutir la oferta.
Rav Shapiro habló primero: “Soy el más joven entre ustedes. Lo que tengo que decir no los obliga de ninguna manera. Nos queda claro que no podemos ayudar en absoluto a los judíos que permanecen en el gueto. Sin embargo, el solo hecho de no abandonarlos, de quedarnos con ellos, puede darles algo de aliento. No puedo dejar a esta gente…”
Nadie más habló y, después de un rato, Rav Zemba respondió: “No hay nada que discutir”.
También ellos se quedaron en el gueto. Rav Zemba alentó la revuelta armada y murió en el levantamiento; Rav Stockhammer fue deportado y asesinado en Treblinka; solo Rav Shapiro sobrevivió.(6)
El Dr. Janusz Korczak, pediatra judío, educador y querido autor de libros infantiles, dirigía un orfanato judío. Le ofrecieron múltiples oportunidades para escapar, pero se negó a abandonar a los niños confiados a su cuidado. Cuando los nazis deportaron el orfanato a Treblinka, Korczak fue con ellos. Él creía que su obligación era morir con “sus niños” antes que vivir sin ellos. Eligió brindar consuelo, amor y tranquilidad hasta el último momento, en lugar de salvarse a sí mismo y dejar a los niños enfrentar la muerte solos.(7)
Otro relato cuenta que un tren transportaba judíos húngaros a Auschwitz abarrotados en vagones de ganado, sin comida durante días. Durante una breve parada, un anciano judío ofreció un trozo de salami a un niño de unos ocho años. Antes de comer, el niño se volvió hacia su madre y preguntó: “Mamá, ¿sabes si esto es kosher?” La madre miró al hombre; él asintió. Solo entonces el niño comió el salami.
La autodisciplina y la conciencia espiritual del niño en tales condiciones son asombrosas. Una mujer que presenció este intercambio sobrevivió a la guerra y más tarde se convirtió en una importante benefactora de la educación judía en los Estados Unidos. Dijo que ese niño se convirtió en su inspiración de por vida.(8)
Un cuarto relato cuenta la historia de una joven húngara que logró introducir de contrabando un Sidur, un libro de plegarias, en Auschwitz. Dentro había un calendario judío con las festividades marcadas. Por la noche, cuando el silencio caía sobre los barracones, sacaba el Sidur y leía Salmos en voz alta a las demás muchachas, entonando los versículos en hebreo y traduciéndolos al ídish. En la víspera de Pésaj, anunció su intención de celebrar un Séder. “Lo haremos como los marranos de España”, dijo, “sin matzá, sin vino, pero con todo en nuestra imaginación”.
Esa noche, pasada la medianoche, se reunieron y llevaron a cabo un Séder “imaginario”, recordando cómo cada una lo había celebrado en su hogar. Una de las pocas sobrevivientes de ese barracón dijo más tarde que ese fue el único Séder de Pésaj que pudo recordar vívidamente por el resto de su vida.(9)
Conmemorar el Holocausto no es solo recordar la muerte, sino escuchar los divrei haiamim, las palabras pronunciadas por aquellos días. Nos enseñan sobre la santidad de la imagen divina en cada ser humano, la pureza y resiliencia del alma, y el inmenso poder del libre albedrío, la fe y el coraje.
Que nuestras vidas se erijan como un tributo viviente a los judíos del Holocausto, y que su legado perdure a través de las lecciones que continúan enseñándonos.
La familia de mi padre en Polonia. Todos fueron asesinados durante el Holocausto, excepto mi padre, que está en la fila de atrás, segundo desde la derecha.
Notas:
(1) Deuteronomio 32:7
(2) Reyes I 14:19
(3) Zakhor: Jewish History and Jewish Memory, Yosef Hayim Yerushalmi, University of Washington Press, 1982. p. 8
(4) Éxodo 10:3
(5) Sanhedrin Press, NY y Londres, 1979
(6) With God in Hell, p. 97
(7) A Light in the Darkness: Janusz Korczak, His Orphans, and the Holocaust, Albert Marrin, Knopf Books for Young Readers, 2019
(8) La historia me la contó fue un rabino que conoció a la sobreviviente
(9) With God in Hell, pp. 18–19
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