El Dalai Lama y el Éxodo de Egipto

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13/04/2022 | por Rav Jonathan Sacks

Mientras no perdamos nuestra historia, nunca perderemos nuestra identidad.

A veces, los demás nos conocen mejor que nosotros mismos. En el año 2000, un instituto judío británico de investigaciones propuso que los judíos de Gran Bretaña fueran redefinidos como un grupo étnico y no como una comunidad religiosa. Un periodista no judío, Andrew Marr, declaró algo que debía haber sido obvio. Él dijo: «Todo esto es agua poco profunda, y cuanto más entras, más baja se vuelve».

Pero lo que me resultó inspirador fue lo que escribió a continuación: «Los judíos siempre tuvieron historias para el resto de la humanidad. Tuvieron su Biblia, una de las grandes obras, de las más imaginativas del espíritu humano. Fueron víctimas de lo peor que pudo hacer la modernidad, un espejo de la locura occidental. Pero, sobre todo, tuvieron la historia de su supervivencia cultural y genética desde el Imperio Romano hasta el año 2.000, prosperando en medio de hostiles tribus europeas que no los comprendían».(1)

Los judíos siempre tuvieron historias para el resto de la humanidad. Me encantó esta definición. De hecho, desde muy temprano, el relato de historias fue algo central de la tradición judía. Cada cultura tiene sus historias. (Elie Wiesel dijo: «Dios creó al hombre porque Él ama las historias»). Casi con certeza, la tradición se remonta a los días en los cuales nuestros ancestros eran cazadores-agricultores que por las noches relataban historias alrededor de una fogata. Somos el animal que relata historias.

Los israelitas todavía no habían salido de Egipto. Sin embargo, Moshé ya les estaba diciendo cómo debían contar la historia. ¿Qué es esta obsesión con la narración de historias?

Pero lo que es realmente destacable es la manera en la cual, poco antes del Éxodo, Moshé les dice tres veces a los israelitas cómo deben contar la historia a sus hijos en las generaciones futuras.

  • Cuando sus hijos les pregunten: «¿Qué significa para ustedes este servicio?», entonces les dirán: «Es la ofrenda de Pésaj para Dios, quien salteó las casas de los israelitas en Egipto y salvó a nuestros hogares cuando abatió a los egipcios». (Éxodo 12:26-27)
  • Y relatarás a tu hijo en ese día, diciendo: «Lo hago por lo que Dios hizo por mí cuando salí de Egipto» (Éxodo 13:8)
  • Y sucederá que cuando tu hijo te pregunte el día de mañana «¿Qué significa esto?», le dirás: «Con mano fuerte Dios nos sacó de Egipto de la tierra de esclavitud» (Éxodo 13:14).

Los israelitas todavía no habían salido de Egipto. Sin embargo, Moshé ya les estaba diciendo cómo debían contar la historia. Esto es lo extraordinario. ¿Por qué? ¿Por qué esta obsesión con relatar la historia?

La respuesta más simple es que nosotros mismos somos la historia que relatamos.(2) Existe un nexo intrínseco, quizás necesario, entre la narración y la identidad. En las palabras del pensador que ayudó más que nadie a llevar esta idea al centro del pensamiento contemporáneo, Alasdair MacIntyre, «El hombre con sus actos y sus prácticas, así como con sus ficciones, es en esencia un animal que relata historias».(3) Llegamos a saber quiénes somos al descubrir de qué historia o historias formamos parte.

Jerome Bruner argumentó de forma convincente que la narrativa es fundamental para la construcción de significado, y el significado es lo que hace humana la condición humana.(4) Ninguna computadora precisa que la convenzan de su propósito en la vida antes de hacer lo que se supone que debe hacer. Los genes no necesitan que los alienten y los motiven. Ningún virus necesita un entrenador. No tenemos que entender sus estados mentales para entender lo que hacen y cómo lo hacen, porque no tienen ningún estado mental que se pueda llegar a entender.

Actuamos en el presente debido a lo que hicimos o lo que nos ocurrió en el pasado, y para lograr lo que esperamos para el futuro.

Pero los seres humanos sí lo tienen. Actuamos en el presente debido a lo que hicimos o lo que nos ocurrió en el pasado, y para lograr lo que esperamos para el futuro. Aunque sea de forma mínima para explicar lo que estamos haciendo, ya se trata de contar una historia.

Tomemos por ejemplo tres personas que comen una ensalada en un restaurante. Una porque tiene que bajar de peso, la segunda porque es vegetariana por principios, la tercera debido a leyes dietéticas religiosas. Externamente los tres actúan de forma similar, pero cada uno pertenece a una historia diferente y el acto tiene diferentes significados para las personas involucradas.

Relatar historias y el Éxodo

¿Por qué la conexión entre el relato de historias y el Éxodo?

Uno de los pasajes más fuertes que leí en mi vida sobre la naturaleza de la existencia judía se encuentra en «Consideraciones sobre del gobierno de Polonia» (1772) de Jean-Jacques Rousseau. Este es un lugar poco probable para encontrar un pensamiento sobre la condición judía, pero allí está. Rousseau está hablando sobre los principales líderes políticos. Él dice que el primero de todos fue Moshé, quien «formó y ejecutó la impresionante empresa de instituir un cuerpo nacional a partir de un enjambre de fugitivos miserables que no contaban con arte, talentos, virtudes ni coraje, y que debido a que no tenían ni un centímetro de territorio propio, eran una tropa de extraños sobre la faz de la tierra».

Él dice que Moshé «se atrevió a formar a partir de esa tropa errante y servil un cuerpo político, un pueblo libre y mientras deambulaban por el desierto sin siquiera una piedra sobre la cual poder apoyar al cabeza, les dio una instrucción duradera, a prueba del tiempo, la fortuna y los conquistadores, que 5.000 años no han podido destruir y ni siquiera debilitar». Él afirma que esta nación singular «sin embargo, se ha mantenido hasta nuestros días, dispersa entre las demás naciones, sin fundirse jamás con ellas».(5)

Rousseau dice que la genialidad de Moshé radica en la naturaleza de las leyes que mantuvieron separado al pueblo judío. Pero esa es sólo la mitad de la historia. La otra mitad radica en la institución del relato de historias como una obligación religiosa fundamental; recordar y recrear los eventos del Éxodo cada año y, en particular, hacer que los niños ocupen el lugar central de la historia. Al prestar atención al hecho de que en tres de los cuatro pasajes sobre la narración (tres en el Libro del Éxodo, el cuarto en el Libro de Deuteronomio) se menciona que los niños formulan preguntas, los Sabios decidieron que siempre que sea posible, la narración en la noche del Séder debe tener lugar en respuesta a una pregunta formulada por un niño. Si nosotros mismos somos la historia que relatamos, mientras no perdamos la historia, nunca perderemos nuestra identidad.

Al comprender que su exilio podía llegar a ser prolongado, el Dalai Lama pidió consejo a los judíos, a quienes considera como los expertos mundiales para mantener la identidad en el exilio.

Esta idea quedó expresada hace algunos años en un encuentro fascinante. Tibet ha sido gobernado por los chinos desde 1950. Durante el levantamiento de 1959, la vida del Dalai Lama estuvo en peligro y huyó a Dharamsala en India, donde él y muchos de sus seguidores han vivido desde entonces. Al comprender que su exilio podía llegar a ser prolongado, en 1992 el Dalai Lama decidió pedir el consejo de los judíos, a quienes considera como los expertos mundiales para mantener la identidad en el exilio. Él quería saber cuál era el secreto.

La historia de ese encuentro de una semana fue relatada por Roger Kamenetz en su libro The Jew in the Lotus.(6) Una de las cosas que le dijeron fue la importancia del recuerdo y la narración de la historia para mantener viva la cultura y la identidad de un pueblo. Ellos hablaron en particular sobre Pésaj y el Séder de Pésaj. Así fue que en 1997 Rabinos y dignatarios norteamericanos celebraron un Séder de Pésaj especial en Washington con el Dalai Lama. Él escribió esto a los participantes:

En nuestro diálogo con los Rabinos y eruditos judíos, el pueblo tibetano ha aprendido sobre los secretos de la supervivencia espiritual judía en el exilio. Uno de los secretos es el Séder de Pésaj. Durante 2.000 años, incluso en tiempos muy difíciles, el pueblo judío recordó su liberación de la esclavitud a la libertad y eso le dio esperanzas en momentos difíciles. Estamos agradecidos a nuestros hermanos y hermanas judíos por agregar a su celebración de la libertad el pensamiento de la libertad para el pueblo tibetano.

Las culturas toman forma a partir del rango de las historias a las que dan lugar. Algunas de estas tienen un rol especial para permitir que lleguen a entenderse a si mismos aquellos que las relatan. A estas las llamamos narrativas maestras. Se trata de grandes grupos de personas: la tribu, la nación, la civilización. Estas historias mantienen al grupo unido horizontalmente en el espacio y verticalmente en el tiempo, brindándoles una identidad compartida que se transmite de generación en generación.

La historia del Éxodo les dio a los judíos la identidad más tenaz que alguna vez tuvo una nación.

Ninguna historia fue más poderosa que la historia del Éxodo. Ella les dio a los judíos la identidad más tenaz que alguna vez tuvo una nación. En épocas de opresión, les dio esperanzas de libertad. En momentos de exilio, les prometía el retorno. Ella relató a 200 generaciones de niños judíos quiénes eran y de qué historia formaban parte. Se convirtió en el principal relato mundial de libertad, adoptado por una variedad sorprendente de grupos, desde los puritanos del siglo XVII a los afroamericanos del siglo XIX, y a los budistas tibetanos en la actualidad.

Yo creo que soy un personaje en la historia de nuestro pueblo, y que tengo que escribir mi propio capítulo. Y lo mismo ocurre con cada judío. Ser judío es verte como parte de esa historia, darle vida en nuestros días y hacer todo lo que está a tu alcance para transmitirla a quienes vengan después.


Notas:

  1. Andrew Marr, The Observer, 14 mayo del 2000.
  2. Ver Alasdair MacIntyre, After Virtue: a study in moral theory, London, Duckworth, 1981; Dan P. McAdams, The Stories We Live By: Personal Myths And The Making Of The Self, New York, Guilford Press, 1997.
  3. MacIntyre op. cit., 201.
  4. Jerome Bruner, Actual Minds, Possible Worlds, Harvard University Press, 1986.
  5. Jean-Jacques Rousseau, The Social Contract and other later political writings, Cambridge University press, 2010, 180.
  6. Roger Kamanetz, The Jew in the Lotus, HarperOne, 2007.


Sobre el Autor

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Rav Jonathan Sacks z»l, fue un rabino, filósofo y pensador judío que se desempeñó como Rabino Jefe del Reino Unido y la Mancomunidad de Naciones entre los años 1991-2013. Rav Sacks recibió múltiples premios incluyendo el Templeton Prize en 2016 y es el recipiente de 17 doctorados honorarios. En el año 2005 fue nombrado ‘Caballero’ por Su Majestad la Reina y se convirtió en un ‘Compañero vitalicio’, ocupando su asiento en la Cámara de los Lores en octubre de 2009. Rav Sacks fue además un prolífico autor y escribió más de 30 libros



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