La banalidad del mal

 

La banalidad del mal.

Para Arendt,escritora y filosofa judía, el nazi de la S.S  Eichmann no era el «monstruo», el «pozo de maldad» que era considerado por la mayor parte de la prensa. Los actos de Eichmann no eran disculpables, ni él inocente, pero estos actos no fueron realizados porque Eichmann estuviese dotado de una inmensa capacidad para la crueldad, sino por ser un burócrata, un operario dentro de un sistema basado en los actos de exterminio.

Sobre este análisis Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos. No se preocupan por las consecuencias de sus actos, sólo por el cumplimiento de las órdenes. La tortura, la ejecución de seres humanos o la práctica de actos «malvados» no son considerados a partir de sus efectos o de su resultado final, con tal que las órdenes para ejecutarlos provengan de estamentos superiores. Hannah Arendt discurre sobre la complejidad de la condición humana y alerta de que es necesario estar siempre atento a lo que llamó la «banalidad del mal» y evitar que ocurra.

Hoy la frase es utilizada con un significado universal para describir el comportamiento de algunos personajes históricos que cometieron actos de extrema crueldad y sin ninguna compasión para con otros seres humanos, para los que no se han encontrado traumas o cualquier desvío de la personalidad que justificaran sus actos. En resumen: eran «personas normales», a pesar de los actos que cometieron.

El ejemplo de Eichmann.

Otto Adolf Eichmann (Solingen, 19 de marzo de 1906-Ramla, 31 de mayo de 1962) fue un teniente coronel de las SS nazis. Fue el responsable directo de la solución final, principalmente en Polonia, y de los transportes de deportados a los campos de concentración alemanes durante la segunda guerra mundial. Fue el encargado de la organización de la logística de transportes del Holocausto. Hombre tenaz en el cumplimiento del deber, era una persona muy dada a cumplir las estadísticas que se le exigían, y los judíos eran para él “estadísticas”, aunque según sus declaraciones en el juicio que se le realizó por sus crímenes de guerra en 1960 en Israel, no era un antisemita fanático, de hecho, como muchos otros alemanes, se encontraba emparentado de alguna manera con judíos.

Eichmann era el hijo mayor de una familia de cinco hermanos que se trasladó de Solingen (Alemania) a Linz entonces en el Imperio austrohúngaro. Su padre había encontrado trabajo en una fábrica de esa ciudad. Durante su infancia, murió su madre y su padre se volvió a casar. En su adolescencia estudió la educación básica y media en la Realschule; allí conoció a un compañero de nombre Salomón que lo invitaba a comer a su casa, puesto que en la suya faltaba la unión, el cariño y el núcleo familiar. En la casa de la familia de aquel amigo, aprendió a hablar el yidish y el hebreo. Eichmann no mostró ningún rastro de antisemitismo o daño psicológico. ¿ Como este tipo mediocre pudo acabar siendo el promotor del asesinato de millones de Judios?.

Un libro de la filósofa Hannah Arendt, publicado en 1963, introdujo el concepto banalidad del mal, que también sirve como últimas palabras del capítulo final. En parte, por lo menos, la frase se refiere al comportamiento de Eichmann en el juicio, no mostrando ni culpa ni odio, alegando que él no tenía ninguna responsabilidad porque estaba simplemente “haciendo su trabajo”. Él cumplió con su deber…; no sólo obedeció las órdenes, que también obedeció a la ley.

Adolf Eichmann camina en el patio de su celda en la prisión de Ramala (Israel).

En la personalidad de Eichmann, Arendt concluye:

“A pesar de todos los esfuerzos de la fiscalía, todo el mundo podía ver que este hombre no era un monstruo, pero era realmente difícil no sospechar que fuera un payaso. Y como esta sospecha hubiera sido fatal para el buen fin del juicio y a la vez era bastante difícil de sostener en vista de los sufrimientos que él y sus semejantes habían causado a millones de personas, sus peores payasadas se tomaron escasamente en cuenta y casi nunca se informó de ellas. “(p. 55)

El error de Eichmann –afirma Tomás Moratalla– fue no “pensar”, que es distinto de “conocer”. Ausencia de pensamiento significa incapacidad de juzgar. Aquí Arendt sigue los análisis kantianos y define esta incapacidad de pensar como:

1) Incapacidad de pensar por uno mismo, es decir, tener el valor de usar el propio entendimiento.

2) Imposibilidad de ponerse en el lugar de otro, en el punto de vista del otro, y así considerar las consecuencias de los propios actos. Falta de empatia.

3) Incapacidad de un pensamiento coherente y consecuente, que tiene mucho que ver con el diálogo de uno mismo con su propia conciencia.

La renuncia del pensamiento  es lo que abre la vía al totalitarismo.

Si renunciamos a pensar nos convertimos en piezas de un engranaje, de una gran maquinaria que tan bien ilustra la película Tiempos modernos de Chaplin, donde los hombres, cada uno de nosotros, nos convertimos en superfluos. El mundo moderno corre el riesgo de convertir a los seres humanos en superfluos. El pensamiento de Arendt es una llamada de atención contra esta producción de superfluidad. Dejar de pensar supone también negar nuestra responsabilidad, es decir, el alcance de lo que hacemos, pueden justificar los motivos de nuestra acción.

Eichmann, culpable de crímenes ominosos, era un hombre común, cuya “normalidad es mucho más aterradora que todas las atrocidades reunidas”, como subraya Arendt. La autora sostiene que eran muchos los “terriblemente normales” y que los crímenes cometidos por Eichmann no fueron consecuencia de una mente diabólica y enferma, o la pintoresca encarnación del mal sobre la tierra, sino de algo más rutinario y banal: la mediocridad absoluta de un burócrata incapaz de desobedecer las órdenes de sus superiores.

La mente del mal

 “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.”

                                                                           Edmund Burke  escritor  irlandés

Otra cosa seria preguntarnos de donde provienen los pensamientos que son capaces de “desactivar” la razón  de una persona y activan la maldad como si fuera un virus de una película de ciencia ficción, en personas mediocres. Aunque la autora de la banalidad del mal piensa que Eichmann   no era un ser diabólico las ideas e influencias que le llevaron a hacerlo, aunque no fuesen suyas, si que proviene de lugares oscuros de maldad que buscan “anfitriones” donde incubar y luego ejecutar su maldad como si una película de Allien se tratara. Todo esto tampoco quita responsabilidad a Eichmann porque somos responsables de las puertas que abrimos en nuestras mentes y tenemos que pensar que cada uno de nosotros en un momento dado podemos ser activados para el mal.

 

 

 

 

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Categorías:Amalek News

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